jueves, octubre 22, 2009

La historia de Guinefort

Por Mª Paz y Elena Rojo, adoptantes, colaboradoras, socias y amigas.

Se llamaba Guinefort y vivió en la diócesis francesa de Lyon, en las tierras del señor de Villars, hacia finales del siglo XII o principios del XIII. Se dice que había allí un castillo cuyo señor tenía un hijo. Un día, siendo el infante todavía un bebé, salieron de la estancia la nodriza, el señor y la esposa, dejando a solas al niño al cuidado de Guinefort.

File:Saint Guinefort.jpg

Se coló de pronto una víbora en la habitación y el valiente Guinefort, oliendo el peligro, se abalanzó sobre aquella serpiente con tal ímpetu que volcó la cuna del infante, que cayó al suelo aunque sin sufrir daño alguno. Al oír el ruido, la nodriza entró en la estancia y encontró la cuna volcada y a Guinefort manchado de sangre. Creyendo que había asesinado al niño, gritó despavorida. La escena se repitió con la madre. Y el señor, al llegar a la estancia y contemplar la dramática escena, sin mediar palabra tomó su espada y mató en el acto a Guinefort. Sin embargo, al descubrir más tarde a la víbora muerta y al niño sano y salvo, el señor comprendió la verdad de lo ocurrido y, arrepentido y asustado, enterró rápidamente y en secreto al desgraciado Guinefort.

Pero los campesinos de aquellas tierras, enterados de la terrible historia de Guinefort, comenzaron a venerarle como santo y mártir y acudían a su tumba a solicitar su intercesión en la curación de sus hijos enfermos, ritual que se repitió a lo largo de los siglos, hasta el cercano o de 1930 en que la Iglesia Católica prohibió su culto y amenazó con la excomunión a quienes lo practicasen.

¿Qué motivo pudo impulsar a la jerarquía vaticana a sacar del santoral a San Guinefort a pesar de todos los milagros que la plebe le atribuía? Seguro que una de las razones principales fuera que el bueno de San Guinefort era...¡un galgo! Sí, amigos, un galgo santo, mártir y milagrero. Desde luego, de ser cierta esta historia, Guinefort merecería ser santo y mártir por su fidelidad hacia su pequeño amo.

Y hoy, amigos de la causa galguil, pedimos encarecidamente a San Guinefort que interceda también en la salud mental de aquellos dementes que siguen esquilmando salvajemente a nuestros preciosos galgos y podencos sin preguntarse por qué, como aquel día hizo ese cruel “señor feudal”.

Por desgracia, en el siglo XXI, hay muchos otros galgos y podencos mártires aunque no se llamen Guinefort.

Elena y Mª Paz Rojo

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